martes 23 de agosto de 2011

MIEDO Y CIUDAD. Algunos ejemplos del modelo madrileño de urbanismo.


El miedo es algo inherente al ser humano por lo tanto siempre ha estado presente en las concentraciones urbanas a lo largo de la historia. Por primera vez en la historia de la humanidad casi la mitad de la población está viviendo en ciudades lo que supone un crecimiento en muchas ocasiones improvisado (“fase de transformación incongruente” según Chueca Goitia) y generador de espacios y percepciones de inseguridad. El miedo desarrollado en la ciudad es por tanto un factor importante para su estudio pues hay una estrecha relación entre la manera de hacer ciudad y la sensación de miedo que pueden desarrollar muchos de sus habitantes.

El miedo es una emoción generada por el ser humano como reacción a un posible riesgo. Es indudable que en la formación del miedo influyen multitud de variables psicosociales. Brevemente y a vuela pluma diría que en su formación influyen factores personales como pueden ser traumas o malos recuerdos, lo que serían aspectos rozando lo psicoanalítico, y por otro lado intervienen otros aspectos basados en estereotipos y clichés que contribuyen a convertir el miedo en algo socialmente adquirido. Para vincular el miedo a la ciudad solo es preciso hacer memoria y pensar en cuantas ocasiones nos ha dado miedo pasar por tal lugar o al escuchar el nombre de cual barrio nos imaginamos lo que allí pasa sin siquiera haber pisado el lugar.

Dentro de las ciudades los miedos vinculados al territorio pueden ser producidos por el espacio en sí o por la gente que ocupa el lugar. En el primer caso son los elementos puramente arquitectónicos los que condicionan esta percepción. Pensemos en solares, calles oscuras y estrechas, parques con setos que no permiten visibilidad, etc. Un estudio de Fernando Carrión Mena muestra que elementos tan poco pensados como son el color, el sonido, el olor y la temperatura influyen para considerar un espacio inseguro y peligroso. Esto supone que se acaben demandando políticas de seguridad urbanas a las instituciones porque el imaginario colectivo transforma esos lugares en espacios a evitar.

En el segundo supuesto son los ocupantes del espacio los que pueden producir el miedo aunque se esté en lugares, en principio, seguros. En ambos ejemplos a priori el miedo que se sufre es producto de la construcción social que nos ha dicho que la oscuridad o el no saber qué hay detrás de un seto son algo peligroso o que un grupo de jóvenes con esa indumentaria es conflictivo. No es necesario que un lugar sea realmente inseguro para que la gente deje de pasar por él, si el imaginario dice que ese espacio es peligroso (aunque las cifras estadísticas demuestren que es igual que otro distrito sin estigma) la gente dejará de acudir a dicho lugar y las personas procedentes de ese barrio serán sospechosas. Creado socialmente, a través de vivencias o por precaución el miedo está presente y es algo a lo que hacer frente desde el urbanismo en la medida de sus posibilidades abordando el asunto desde una perspectiva integral.

En la ciudad de Madrid los miedos y los estigmas socioterritoriales están muy presentes y la forma de afrontar el reto de superar el miedo en la ciudad no ha sido acertada por parte de las instituciones. Pensemos, por poner solo unos ejemplos, en la Plaza de la Luna, donde de se intentó desarrollar una reforma participativa para que los vecinos decidieran qué hacer con su plaza, que fue obviada por el Ayuntamiento. Ante el deterioro de la zona la forma de actuar del Ayuntamiento ha sido desarrollar un proceso de gentrificación de manual y poner en el centro de la plaza una comisaría. El mensaje que se quiere transmitir es que poniendo una comisaría en un lugar conflictivo, resuelto el problema. El mismo protocolo de actuación se ha seguido en la calle Montera. Esta “solución” reduccionista no aborda ni mucho menos el origen de los problemas ni consigue paliarlos. Otra forma de huir del miedo urbano ha sido el modelo de crecimiento urbano de los últimos años. La urbanización dispersa y las urbanizaciones cerradas que se corresponden con el nuevo tipo de ciudad que diversos autores han llamado “ciudad blindada”, “ciudad de muros” o “ciudad fragmentada” (Améndola, Caldeira y Glasze respectivamente). Este modelo de vida intramuros con parques infantiles, piscinas e instalaciones deportivas en el interior de las fincas urbanas supone romper la esencia de la ciudad que es el intercambio de experiencias en el espacio público. Acabar con la multiplicidad de usos y usuarios de los lugares comunes los aboca al abandono y a ser producto del miedo. La vida en las nuevas urbanizaciones es producida por el miedo a la ciudad. Los niños no pueden jugar solos en los parques, mejor dentro de la urbanización donde la homogeneidad social, cultural y racial garantiza que no haya conflictos. De esta manera se reduce a la gente con menos recursos y posibilidades el uso de los espacios públicos configurándose de nuevo en el imaginario colectivo la degradación de dichos lugares por el clasismo imperante.

4 comentarios:

  1. Gracias por este blog que nos hace pensar. El miedo puede entenderse también como lo que "está fuera de sitio", en el sentido de que los espacios y su ocupación conforman una visión social del orden de las cosas. Mary Douglas explica que estar en el lugar "impropio" es estar contaminado. Sí, hacer propio el espacio público implica también el poder de lo público y nuestra acción concreta como ciudadanos. F.F.

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  2. Muchas gracias por tu comentario! Es cierto lo que comentas respecto al lugar que le corresponde a cada persona o colectivo. Ese "estar fuera de sitio" que comentas va vinculado estrechamente a la construcción de la alteridad, la imagen del "otro", inseparable de donde se desarrolla como ser social, es decir, el espacio público. Te animo a que sigas leyendo y colaborando con este blog.

    Muchas gracias de nuevo!

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  3. La verdad es que toda una realidad. Es curioso porque también me había fijado en los nuevos tipos de pisos que se realizan ahora. Son auténticos fuertes, donde la vida se realiza puertas a dentro, con su piscina, pista de padel, parque infantil y gimnasio. Los que se quedan fuera, y se tienen que reunir en un parque convencional se convierten en raros o peligrosos, y el problema crece...

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  4. La gente que no tiene acceso a esos servicios privados y seguros y sufre la presión inmobiliaria viviendo hacinados en pisos ínfimos convierte en su espacio privado los espacios públicos. Se ha trasladado el sentimiento de propiedad. Si te interesa este tema hay muchos artículos en la red. Busca algo de urbanizaciones cerradas de Michael Janochska. El tema de la ciudad difusa también recoge estas características. Un saludo!

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