miércoles 11 de enero de 2012

APARTHEID URBANO




“La purificación étnica y de clase se ha producido tranquilamente, sin otra violencia que, silenciosa y despiadada, la de la renovación urbana y la subida de los alquileres”
París en tensión. Urbanismo e insurrección en la ciudad de la luz.
Eric Hazan



Las gated community o comunidades cerradas no son algo nuevo en el paisaje urbano del estado español. Este tipo de construcción tiene como características principales la uniformidad social de sus habitantes, una serie de servicios privados de ocio y deportivos, amplias zonas verdes de esparcimiento y altos muros que aíslan este “club” de viviendas del entorno y de las personas ajenas. Suelen ubicarse en lugares alejados de la ciudad y con accesos preferentes para los vehículos a motor. En el interior las calles apuestan por la prioridad de los coches frente al peatón, es fácil imaginarse este paisaje si pensamos en los barrios residenciales tan presentes en las películas norteamericanas.

De siempre se ha mostrado este modelo urbano como algo deseable y sinónimo de triunfo social y económico. La aparente tranquilidad, la vida cerca de la naturaleza y la certeza de tener un vecindario al que se le presupone un elevado nivel de vida son elementos que pueden resultar atractivos para desarrollar una vida plena. Es esa idea de triunfo, de pertenecer a la elite social, la que ha hecho proliferar las gated community a lo largo del mundo. La excusa de la seguridad es un aliciente más para concentrar a la población triunfante en el mismo territorio. Llegamos por lo tanto a un punto en el que la clase social triunfante se concentra voluntariamente en los mismos barrios o comunidades cerradas lo que les garantiza un estilo de vida y el reconocimiento social.


Por un lado nos encontramos con las elites sociales estableciendo una presión urbana con la proliferación de las gated community y por otro, se está intentando vaciar los centros urbanos de la población tradicional y migrada a través de procesos de gentrificación. La consecuencia de estas medidas es profundizar la segregación social y espacial de la ciudad. Se llega así a lo que muchos autores han denominado apartheid urbano. Ciudades en las que la discriminación urbana va vinculada con el origen y la clase social de las personas expulsando así a determinada población de determinados lugares de la ciudad. Tal vez la palabra apartheid suene muy contundente pero es realmente hacia donde nos estamos dirigiendo al construir en una misma ciudad varios guetos, los de la clase alta triunfadora automarginada de la vida urbana y los de las personas con menos posibilidades económicas destinadas a los barrios degradados. La segregación urbana condiciona las relaciones sociales y la idea que se tiene de las personas que no están en su mismo gueto. Mientras que en las gated community los vecinos son “desconocidos seguros”, en el resto de la ciudad la sensación de inseguridad aumenta para estas personas al encontrar desconocidos ajenos a su entorno. El apartheid urbano pretende la expulsión de los ciudadanos de segunda de los referentes y lugares visibles de la ciudad. Cito de nuevo a Eric Hazan para concluir esta breve reflexión, “son demasiado incultos para saber que el viejo sueño de encerrar París y de vaciarlo de sus pobres, de sus delincuentes, de sus locos y de sus extranjeros casi siempre acaba en una reacción violenta.” No nos sorprenda cuando lleguen estas reacciones vistas en Francia y Reino Unido.

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